
Che Guevara
MUSIU
No se puede negar que después de la muerte del Che Guevara hace 40 años, éste se ha tornado un mito para sus seguidores, lo relevante es la imagen que ahora se quiere proyectar de él como un hombre milagroso, trascediendo su figura de revolucionario.-
Recuerdese que el Che había sido capturado por una patrulla militar de rangers a cargo del general boliviano Joaquín Zenteno Anaya y el coronel Andrés Selich, con la activa colaboración de los agentes cubananos Félix Rodríguez y Julio Gabriel García, ambos de la CIA. Antes de morir, el Che había insultado a su interrogador de la CIA, Rodríguez. Y le había ordenado a su verdugo, el sargento boliviano Mario Terán:
—¡Póngase sereno, y apunte bien! ¡Usted va a matar a un hombre!
La muerte había sido ordenada por Barrientos, quien había consultado con su par estadounidense, el entonces presidente Lyndon B. Johnson, si dejar vivo a ese enemigo tan temido, a ese médico argentino, revolucionario por convicción, cubano por decisión, que había nacido en Rosario el 14 de junio de 1924. Que sufría de un asma terminal pero de una decisión igualmente terminal de combatir "al imperialismo donde quiera que esté"; que se había enrollado en la batalla del Movimiento 26 de Julio liderada por su amigo, Fidel Castro, para terminar con la dictadura de Fulgencio Batista en Cuba y levantar las banderas de la Cuba socialista. Que había sido ministro de la revolución, que había combatido en el Congo, que se había transformado en el principal enemigo comunista de la Guerra Fría encarada por los EE.UU. y la URSS. Que nunca había abandonado el deseo de volver a pelear por el socialismo en la Argentina y que, en ese camino, con su asma a cuestas, decidirá internarse en la selva boliviana para trazar focos de retaguardia al ingreso de él con una vanguardia guerrillera en el norte argentino.Eso es parte de los últimos momentos de Guevara, pasando su muerte a convertirlo en héroe, un mito revolucionario y ahora lo han transformado en San Ernesto, que tal como lo señala
André Scipani en el diario de la Nación de Buenos Aires que en La Higuera, un pequeño pueblito de no más de 100 habitantes, reina un silencio sepulcral, casi de convento, sólo interrumpido por los cerdos y las gallinas. Las paredes de las escasas construcciones están revocadas con imágenes del Che en diferentes formatos y colores, en paredes, piedras y altares. Las inscripciones dicen "Ernesto, tu lucha es el camino", o "Tú vives por siempre Che, Comandante amigo". Sentado bajo una de ellas, Melanio Moscoso cuenta que él le reza, y que "es milagroso: todo lo que le pedimos siempre se cumple, el Che es una fuerza presente en La Higuera que nos da salud y fuerza para seguir". Para ellos, "San Ernesto nació en La Higuera", y hoy, en el pueblo rebautizado como La Higuera del Che, el espacio central es ocupado por un altar donde una cruz cristiana y una gruta con una Virgen comparten escenario con un gris busto del Che. Pintadas en la piedra que los sostiene, banderas argentinas, bolivianas, cubanas y venezolanas flamean junto a la inscripción: "Tu ejemplo alumbra un nuevo amanecer".
De acuerdo con los habitantes de La Higuera que estuvieron allí el día en que Guevara fue ejecutado, lo que sobrevino luego de las ráfagas de ametralladora que lo fulminaron fue un silencio desolador. "Todavía se siente ese silencio", dice Manuel Cortés, entonces vecino de la escuelita. "Yo escuché el ratatatatá y después otro ratatatatá", dice, y cuenta que él sintió mucho dolor aquella vez, como un temblor, ya que desde el día en que lo conoció, muy cerca de La Higuera, le había caído muy bien. Pero Manuel es también consciente de que desde aquel día el lugar y el Che cambiaron: "San Ernesto nació aquí, en La Higuera, y yo lo llamo así, santo, porque él es milagroso y nos protege, desde aquel día nos protege", asegura. Pero su vecino, Cleto Zárate, se siente extranjero en su propia casa. No admite devociones: "No sé por qué tanta devoción por el Che, si el Che no hizo nada por ellos. El vino a saquear y a matar. No entiendo por qué tanta devoción por el Che", dice y repite, mirando con desprecio el busto del guerrillero.
Son sin duda dos visiones irreconciliables. Por teléfono, desde su casa en Suecia, el pintor mendocino Ciro Bustos -quien acompañó al Che en la campaña de Bolivia y fue capturado al separarse del grupo junto al filósofo francés Régis Debray- trata de explicar el fenómeno de la devoción desde una perspectiva escéptica: "La izquierda trabaja sobre los sueños y la Iglesia sobre el miedo. Los íconos sirven para manipular mejor ambas ilusiones y, de paso, aparentar hacer algo". Para algunos, esta parece ser la razón por la cual, a 40 años de la muerte del Che, su imagen sigue dando la vuelta al mundo, presente en manifestaciones y claustros universitarios, mientras que aquí en Bolivia uno puede encontrar una especie de beatificación casi sacrílega para muchos, a la que la Iglesia local no parece oponerse.
"No se puede hacer nada, para ellos él es como cualquier otra alma a la cual se reza", dirá el cura de Vallegrande, el padre Agustín, quien suele recibir de sus feligreses oraciones que incluyen invocaciones a San Ernesto. Pero Bustos agrega: "Al parecer, los seres que auténticamente se entregan a una causa se transforman en símbolos, que son expresión de deseos frustrados, en realidad reprimidos, de la multitud. El ser humano es devoto de sus íntimos deseos, solamente". De hecho, siguiendo los últimos trazos del Che, muchos piensan que sus íntimos deseos lo llevaron a pelear y morir en un lugar donde el fracaso de su campaña era casi inevitable. En los últimos días de aquella campaña boliviana, según recordó el cubano Daniel Alarcón, lo que el Che expresaba día a día era la idea de que lo único que quedaba por delante era la muerte. Quizás sabía que lo esperaba cierta inmortal devoción, pero no esta forma de fervor religioso o el hecho de que, para muchos aquí, su figura se transformara en una fuerza mística y poderosa.
Pero esta fuerza mística no está desprovista de claros y oscuros: los milagros de unos han sido maldiciones para otros. O al menos así lo dice la leyenda. Para quienes tuvieron algo que ver en su captura y posterior muerte, el permanente y sepulcral silencio de La Higuera se tornó un llanto de tragedia, algo así como la maldición del Faraón Tutankamón. Muchos de los militares que participaron en su captura sufrieron destinos trágicos, lo que dio vida al mito de la "maldición del Che", en contraposición al mito de "la santificación del Che". La lista de los marcados incluye al entonces presidente de Bolivia, el General René Barrientos, quien murió en un misterioso accidente de helicóptero dos años después de la muerte del guerrillero argentino. También su mano derecha y sucesor, el General Alfredo Ovando, que fue testigo de la muerte de su propio hijo en un accidente de avión, cayó en una profunda depresión y murió poco después. Más tarde, Joaquín Zenteno, comandante de la división a cargo de la captura del Che y la persona que tuvo a su cargo transmitir la orden de su ejecución, fue baleado en París por un llamado Comando Che Guevara. La misma suerte corrió, en su oficina de Cónsul de Bolivia, en Hamburgo, Roberto Quintanilla, quien quería decapitar el cuerpo del Che. A su vez, el Coronel Andrés Selich, uno de los encargados de vigilar a Guevara en la escuelita de La Higuera y quien burlonamente tiraba de su barba mientras éste estaba esposado, fue linchado por miembros de su propio regimiento en La Paz. Y el Capitán Gary Prado, jefe de un pelotón que capturó al Che en la escarpada Quebrada del Churo, recibió una bala perdida en su columna que lo obligó a vivir los últimos 35 años en una silla de ruedas.
Lo cierto que la mayoría de los protagonistas del asesinato del Che están muertos. Sus manos amputadas tuvieron un destino misterioso. Las habría llevado el ministro del Interior boliviano Arguedas— ex comunista, ex nacionalista, sospechado de agente de la CIA o de agente de Fidel— a Cuba, como llevó el diario del Che. Las habría llevado el agente cubano de la CIA, Rodríguez, a EE.UU.. Se habrían enterrado con sus restos — encontrados en Vallegrande por un equipo de científicos argentino-cubanos en 1997— en Santa Clara, Cuba, donde fueron y son honrados. Alguien deberá contar hasta el final, y con precisión oficial, está historia, sea Estados Unidos o sea Cuba.
Lo cierto, que hoy en eos lados de Bolivia y para muchos de sus seguidores, al Che se le ha dado el calificativo de San Ernesto, lo que hace trascender su mito de revolucionario




